
David Hockney, Gregory and Shinro, Nara, Japan, February 1983 #3 (1983). Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid. © David Hockney.
18 junio 2026
Los otros Hockney, un viaje por las obras más sorprendentes del artista en España
Más allá de las piscinas californianas, los museos españoles conservan obras que permiten descubrir a un artista en permanente reinvención: viajero, experimental y siempre dispuesto a explorar nuevas formas de mirar.
Cada mañana, David Hockney cogía el móvil y se ponía a pintar para que sus amigos recibieran “flores frescas al despertarse”. Un gesto que sirve para ilustrar el carácter de uno de los artistas más influyentes y queridos del arte contemporáneo. El británico hizo de la alegría y el humor una forma de resistencia. “Creo que mi deber como artista es superar y aliviar la esterilidad de la desesperación», decía, y utilizó el arte en todos sus formatos para compartir su asombro por el mundo.
Porque el artista, fallecido el pasado jueves, fue mucho más que las piscinas californianas y los retratos luminosos que lo hicieron famoso —sin sacarle mérito a esas postales vitalistas que imaginaron una vida abiertamente queer en una época en la que estaba totalmente perseguido y condenado—. Durante más de seis décadas, experimentó con la pintura, la fotografía, los fotocollages o las tablets con una curiosidad que terminó por desbordar cualquier etiqueta. Incluida la del Pop Art. Las obras que conservan los museos españoles permiten descubrir esa otra cara de Hockney.
El misterio de Cecchino Bracci en el Thyssen
Si empezamos la ruta de forma cronológica, la primera parada nos lleva al Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, para deleitarnos con En memoria de Cecchino Bracci (1962), una de las obras que realizó poco después de graduarse en el Royal College of Art de Londres. El óleo recupera la historia de este adolescente florentino, cuya inesperada muerte a los 15 años, llevaría a Miguel Ángel (sí, el gran maestro del Renacimiento) a escribir unos epitafios marcados por el duelo y la devoción. La intensidad de ese vínculo sigue despertando preguntas: no está muy claro si los poemas son simplemente un encargo de Luigi del Riccio, tío del chico y amigo cercano de Miguel Ángel, o si revelan un afecto que iba más allá de la amistad.
“Si bajo esta tierra esos bellos ojos están cerrados para siempre, este ahora es mi réquiem: estaban vivos y nadie los vio; ahora todos los lloran perdidos y muertos”. Hockney plasma esos versos—quizás porque en aquellos años ya comenzaba a introducir referencias veladas a la homosexualidad—, en un retrato que rompe con todas las convenciones. Un lienzo alargado, semejante a la forma de un féretro, donde descansa el protagonista, arropado por un sudario, una corona de laurel y un inesperado sombrero. Un detalle expresionista con el que parece recordarnos que la historia del arte siempre está abierta a nuevas lecturas.
Sus “postales experimentales” en el Museo Reina Sofía
A unos metros de distancia, en el Reina Sofía, podemos conocer a un Hockney más experimental. Puede que no encontremos su refrescante arquitectura californiana entre sus obras, pero sí una cara menos conocida de Los Ángeles. En Dark Mist y Rain (1973), dos litografías de la serie The Weather, el artista pone el foco en el clima para construir un paisaje cambiante y casi fantasmagórico donde la niebla desdibuja las palmeras y la lluvia atraviesa la escena (¿es posible que esté lloviendo sobre una piscina?). Inspiradas en los grabados japoneses, rompen con la imagen que el propio Hockney contribuyó a popularizar, la de una ciudad suspendida en un verano eterno.
También llama la atención su faceta viajera (que no turística). En On the Banks of the Nile, Luxor, Egypt nos lleva hasta Egipto, un país que descubrió siendo muy joven y al que volvería en distintas ocasiones; sin embargo, aparta la mirada de esa postal monumental de pirámides y faraones, para dirigirla hacia orillas del Nilo y capturar la vida cotidiana. Mucho más radical resulta Gregory and Shinro, Nara, Japan, February 1983 nº 3, un fotocollage de inspiración cubista construido con decenas de fotografías tomadas durante un viaje a Japón. Lejos de congelar un instante, la obra acumula miradas, tiempos y perspectivas hasta acercarse al funcionamiento de la memoria. Hockney parecía convencido de que ninguna fotografía, por sí sola, podía contener la complejidad del momento.
Hockney y la devoción por Picasso, en el Museo de Bellas Artes de Bilbao
Picasso ha sido uno de los grandes maestros de Hockney, de quien aprendió que un artista no tiene por qué encasillarse en un único estilo ni conformarse con reproducir la realidad desde una única perspectiva. Una lección que pondría en práctica en The Blue Guitar (1977), la serie de aguafuertes que el Museo de Bellas Artes de Bilbao adquiriría a principios de los 80 —fue el primer museo español en adquirir una obra suya—.
Esta obra nace de un curioso juego de referencias. Hockney parte de The man with the Blue Guitar, un poema de Wallace Stevens sobre el poder del arte para moldear la realidad, inspirado, a su vez, en El viejo guitarrista de Picasso, una de las obras más representativas del Periodo Azul. El británico entabla así una conversación entre ambos universos, donde la guitarra es tan solo una excusa para explorar cómo una imagen puede fragmentarse y construir una realidad distinta, una idea que acompañaría toda su carrera.
Sus naturalezas tecnológicas, en el Centro de Arte Hortensia Herrero
Hockney nunca se conformó con el pincel. Inquieto y curioso, probó todas las herramientas que le permitieran jugar con la perspectiva: Polaroids, fotocopias, cámaras digitales, tablets… Si viajamos hasta Valencia, en el Centro de Arte Hortensia Herrero podemos sumergirnos en Las cuatro estaciones, una ambiciosa instalación audiovisual compuesta por 36 vídeos sincronizados que se proyectan en 36 pantallas (el CAHH es el único museo europeo en el que puede verse completa).
Si en los 2000 el pintor vuelve a los paisajes de Yorkshire, aquí, directamente nos lleva de la mano por el camino de Woldgate. El artista equipó un coche con varias cámaras para registrar cómo la luz, los colores y la vegetación cambiaban el sendero. Primavera, verano, otoño e invierno pasan ante nuestros ojos en una experiencia inmersiva que demuestra una de las grandes paradojas de Hockney: utilizar la tecnología más avanzada para observar algo tan antiguo como la naturaleza.
Los paisajes protagonizan el resto de las obras del CAHH, como The Arrival of Spring in Woldgate, East Yorkshire in 2011 (Twenty Eleven) – 25 April y The Arrival of Spring in Woldgate, East Yorkshire in 2011 (Twenty Eleven). Realizadas en el iPad e impresas después, muestran a un artista fascinado por el paso del tiempo. Hockney entendió que la verdadera revolución no era digital, sino contemplar el mismo paisaje y, día tras día, seguir asombrándose.


