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Una de las obras de Taqi Spateen, un artista y muralista palestino, que participó en la última edición de MIAU.

Una de las obras de Taqi Spateen, un artista y muralista palestino, que participó en la última edición de MIAU.

Comunidad Valenciana, 30 julio 2026

MIAU Fanzara, el museo inacabado de arte urbano que reconcilió a un pueblo

Las fachadas de Fanzara son el orgullo de sus vecinos. Frente a los pueblos blancos que salpican el interior de Castellón, esta pequeña aldea del Alto Mijares, donde apenas llegan a los 300 habitantes y la media de edad peina canas, se ha convertido en una referencia del arte urbano gracias al MIAU, un museo al aire libre que nunca deja de crecer ni reinventarse. Cuesta creer que esos mismos paisanos que le abren sus casas a los creadores y se vuelcan desinteresadamente en cada aspecto de la organización, hace unos años ni siquiera se dirigían la palabra.

Todo comenzó a mediados de los 2000, cuando la propuesta de instalar en Fanzara un vertedero de residuos tóxicos dividió a los vecinos en dos bandos. Unos lo consideraban una oportunidad de crear empleo y frenar la despoblación; los otros, una amenaza para el medioambiente. El vertedero nunca llegó a construirse, pero la fractura siguió abierta, hasta que a Javier López y Rafa Gascó se les ocurrió una idea tan optimista que parecía improbable: recurrir al arte para recomponer la convivencia. Si en Berlín los grafitis habían convertido el muro en un símbolo de encuentro, ¿por qué no podían derribar los de Fanzara?

Mural de Colectivo Licuado en Fanzara.

Le presentaron la idea al grafitero madrileño Miguel Abellán, Pincho, y en cuestión de días había más de veinte artistas dispuestos a participar en este experimento vecinal. Tenían libertad absoluta para crear, con una única sugerencia creativa que ha permanecido en su ADN: que los artistas convivieran con los vecinos, intercambiaran historias y opiniones, y dejaran que las obras nacieran de esa experiencia compartida. Desde aquella primera edición en 2014, el MIAU se ha extendido por más de un centenar de paredes, con firmas de Escif, Hyuro, Sam3, Deih, Elías Taño o David de Limón.

“Es asombroso ver a un artista callejero pintando un mural mientras un grupo de abuelos lo observa, haciéndole preguntas sobre lo que pinta y por qué”, recordaban. La ausencia de límites creativos, como ya ocurrió con el vertedero, no siempre ha encontrado el consenso de todos. Un mural de Elías Taño con un verso de Los Chikos del Maíz, “La única patria digna de este país aún sigue en cunetas”, reabrió recientemente viejas posiciones. Hasta tal punto que el Ayuntamiento aprobaría una ordenanza municipal con la que pretendía obligarlos a presentar un boceto previo de las obras, una medida que la organización consideró incompatible con la esencia del proyecto. Decidieron cancelar la edición hasta que derogó la medida. El Museo no incorporó ninguna obra nueva al itinerario, pero ya nadie ha logrado cerrar sus puertas. Solo sus vecinos tienen esa potestad.

Ejemplo de autogestión y convivencia, el caso de Fanzara se ha convertido incluso en objeto de estudio universitario. «El MIAU es arte urbano, pero también es una forma alternativa de creación de comunidad y de recuperación de memoria y orgullo; es una potente arma de transmisión de valores», apunta el doctor en Historia del Arte Joan Feliu Franch, profesor de la Universitat Jaume I y una de las personas que más ha investigado académicamente el MIAU. Un museo que puede visitarse en cualquier momento y donde, probablemente, siempre habrá un vecino dispuesto a contar su historia.