
‘¿Familia? ¿Amigas?’, 1981 Euskal Herriko Arte Garaikidearen Museoaren bilduma | Colección Museo de Arte Contemporáneo del País Vasco . Argazkia | Foto: Nuria González
Vitoria-Gasteiz, 06 agosto 2026
Juana Cima, entre la iconografía feminista y la visibilidad queer
Coincidiendo con la retrospectiva ‘Juana Cima. Una mirada disidente’ en Museo de Arte Contemporáneo del País Vasco-Artium Museoa (hasta el 30 de agosto), hablamos con esta artista pionera que nunca renunció a pintar al margen de las convenciones del sistema artístico
Juana Cima (Cuba, 1951) siempre tuvo claro que sería artista. «En el colegio no quería aprender las vocales, sin embargo, cuando la maestra nos dejaba solas, y me quedaba cuidando la clase, dibujaba en la pizarra toda la corte celestial, con ángeles y arcángeles. Me fascinaba todo ese mundo mágico». Esa determinación y precocidad ha determinado la trayectoria de la artista cubano-española. desde mediados de los setenta, en una España adormecida por el franquismo, sus obras introdujeron cuestiones como el deseo entre mujeres, cuestionaron los modelos de representación femenina o exploraron la espiritualidad o la relación con la naturaleza desde un lugar radicalmente empático y libre. Cuando el mundo del arte empezó a prestar atención a muchos de esos debates, Juana Cima llevaba años alejada de un circuito expositivo que no supo cómo encajar su obra.
El Museo de Arte Contemporáneo del País Vasco-Artium Museoa reivindica ese carácter pionero en Juana Cima. Una mirada disidente, una retrospectiva, comisariada por la historiadora del arte Garazi Ansa, que recorre las grandes etapas de su geografía creativa y emocional. Porque en su caso, creación y vida resultan inseparables: la memoria del Caribe, el descubrimiento de Bilbao, le identidad insular, la espiritualidad o el retiro voluntario en la montaña no son solo episodios vitales, sino también las claves desde las que ha construido una de las miradas más inquietas (y desconocidas) del arte contemporáneo vasco.
De familia española emigrada a Cuba, aunque salió de la isla siendo una niña, la memoria de ese paisaje sigue ocupando un lugar central en su imaginario. Creció entre el Hotel Comercio de Caibarién, un elegante edificio colonial que regentaba su abuela paterna, y “La Amalia”, una finca de sus abuelos maternos con plantaciones de árboles tropicales y naranjos, de cocos y caña de azúcar. Allí transcurrió una infancia luminosa, marcada por una libertad casi absoluta, que recuerda con todo tipo de detalles: los largos pasillos por los que recorría el hotel en bicicleta, la colección de violetas africanas que su madre cultivaba, el “gineceo” que conformaban sus numerosas tías, o el río donde pasaba las horas bañándose y pescando cangrejos.
Corrían tiempos de Revolución. Frente a Batista, «que tenía a mucha gente del pueblo presa», Fidel Castro encarnaba la esperanza. «En casa todos estábamos con él. Yo tenía una cajita donde guardaba, entre algodones, una foto suya que había salido en el periódico». La desilusión no tardaría en llegar. «Cuando empezó a decir que era marxista, mi madre, profundamente católica, se puso en alerta y no dejaba de repetir que nos teníamos que ir».
Cima cumplió diez años en un barco rumbo a Oviedo, compartiendo travesía con cerca de 130 sacerdotes expulsados de Cuba. «Habían hecho «cosecha» de curas por toda la isla y los echaron en aquel barco; iban de sobrecarga e incluso viajaba un arzobispo, o sea, ¡menudo barco! Nos pilló una tormenta durante el viaje y estuvimos tres días más en el mar. Doce días en los que estuve mareada como una mona y que recuerdo como algo terrible”. Pero lo peor no fue el viaje, sino las despedidas y el desarraigo que impone el exilio.
El panorama en la España franquista no era mucho más alentador, pero ni siquiera aquel gris consiguió apagar una vocación que Juana Cima tenía clara desde niña. «Sabía que iba a ser pintora, no tenía la más mínima duda. En casa intentaban convencerme de que primero había que casarse y luego ya sería pintora». Su determinación fue tal que llegó a hacer una huelga de hambre para que la dejaran estudiar en la Escuela Superior de Bellas Artes de Bilbao. «Aquello era un nido de libertad. Nosotros estábamos trabajando y creando en el patio; luego salías a la calle y te encontrabas con las barricadas de las protestas de los últimos años del franquismo».
Lo recuerda como una época emocionante, marcada por las movilizaciones por la amnistía, la dureza de la reconversión industrial y las reivindicaciones feministas por la absolución de las 11 de Basauri y el derecho al aborto. «Mi madre estaba muy preocupada y me decía: «Tú, si oyes algún tiro, échate al suelo y mira debajo de los coches antes de montarte»». Ella, sin embargo, también participó en aquella efervescencia. «En la Escuela tuvimos nuestras peleas. Hicimos huelga para que Bellas Artes fuera la carrera universitaria que es ahora».
¿La disidencia ha sido un lugar que has elegido de forma consciente o al que te han ido empujando?
Se puede decir que mi primera disidencia fue un dibujo que hice de dos niños desnudos en el colegio. Era un dibujo muy esquemático, como aquellas muñecas de papel, pero con sus genitales. La maestra me lo quitó y me llevó ante la prefecta, que me miraba como si fuera un monstruo. Cuando me preguntaron por qué lo había hecho respondí: «Porque me gusta». Era una respuesta sincera, pero también una declaración de principios que, con el tiempo, ha atravesado toda mi vida. Nunca he sentido que tuviera que justificar lo que hago. Lo hago porque siento que tengo que hacerlo. Creo que la disidencia no es algo que uno decida. La decisión está en ejercer la libertad y reconocerme a mí misma, aunque eso me sitúe en un lugar incómodo.
Durante muchos años fui la eterna seleccionada en concursos y becas. Recuerdo que un creador muy reconocido me dijo una vez: «El problema no es tu obra, es que no te sabes vender». Llegó un momento en que mi trabajo dejó de encajar en el proyecto de mi galería y en el tipo de arte que impulsaban el mercado y las instituciones. A eso se sumaron experiencias de discriminación y circunstancias personales muy difíciles, así que decidí refugiarme en el estudio. No estaba dispuesta a hacer cosas que no quería ni a respaldar determinadas injusticias.
Desaparecí del espacio público. Entre 1997 y 2025 no hice ninguna exposición individual y solo participé de forma puntual en alguna colectiva. Así que, al final, ha sido un poco las dos cosas: mantenerse fiel a una misma en un entorno que no admite a personas como yo ya es una forma de disidencia. Y, con el tiempo, he comprendido que apartarme durante todos esos años fue una decisión muy saludable.
Tu obra introduce muy pronto cuestiones relacionadas con el deseo femenino, en especial, entre mujeres. ¿Fue algo que surgió de manera natural en tu trabajo o hubo también una voluntad consciente de visibilizar una realidad que apenas tenía espacio?
Yo no parto de una cuestión política, ideológica o mental; parto de una cuestión vital, experiencial. Hubo una temporada en la que estaba fascinada con las ventanas. Después pasé a la arquitectura, pintando edificios. Con José Félix (González Placer) nos paseábamos conversando y mirando edificios, y así aparecieron cuadros como La Ría o el Banco de Bizkaia.
Lo mismo sucede con la persona a la que amas. No solo pinto porque amo, sino por una intención de conocer aquello que me impulsa: sentirlo, observarlo, meditarlo y amar lo que voy a representar y cómo lo represento. Todo son una serie de motivaciones en las que la ideología aparece sin necesidad de hacerse explícita, sin manifiestos. Tras la muerte del dictador, las reivindicaciones políticas estaban en primer plano, pero empezaban a ganar espacio el feminismo y los movimientos de liberación homosexual. Se abrían otras vías y otras formas de expresión, otras maneras de mostrarse más lúdicas y «ligeras», aunque no por ello menos contundentes. Empezaban los 80.
¿Tuviste alguna vez miedo o dudas a la hora de hacerlo?
Siempre existe la posibilidad de que alguien se sienta ofendido y reaccione de forma violenta. Hoy somos especialmente visibles por las redes sociales que han derribado muchas fronteras. Todo se amplifica mucho y somos más conscientes. Pero hay otra línea de discriminación mucho más sutil que no se manifiesta con claridad y que puede hacer que se cierren muchas puertas y complicarte la existencia o invisibilizar tu trabajo. Más que miedo, siento la mirada inquisitiva de algunos: el repudio, los prejuicios y especialmente la invisibilización. Ese es el castigo. He vivido en mi propia inauguración que personas, sin estar yo delante, pero estando cerca, me han puesto a caldo; aún tenemos mucho que aprender y hablar sobre la sororidad. Muchas veces las mujeres somos enemigas muy duras entre nosotras. Y eso duele más que cuando viene de un hombre del que ya te lo puedes esperar. ¿Dudas? Ninguna. Sentir lo que ocurre, pue sí. Y es duro, pero es el precio de ejercer la libertad. Necesito hacer aquello que siento y quiero hacer.
En la exposición aparecen espacios como el Arriaga o kotis, que fueron muy importantes para la comunidad LGTBI. ¿Qué recuerdos te traen?
Bueno, recuerdo, por ejemplo, la cafetería del Arriaga. Lo que hoy es el hall con las escaleras, en los años setenta era una cafetería muy concurrida. A partir de las nueve, cuando terminaban de merendar aquellas señoras de abrigo de piel, empezábamos a aparecer todo tipo de personajes disidentes: gente de izquierdas, gais, lesbianas, feministas… Había un ambiente fantástico. A mí me encantaba porque allí nos encontrábamos todxs. Al Arriaga le tengo un cariño especial. Luego estaba el Kotis, que era genial. Ponían películas de animación (nada de porno) y una música fantástica. Allí me declaré a Cloti y empezamos a frecuentar el local. Juan y César abrieron en el 78 un espacio muy divertido, en el que nos sentíamos seguras. Ya se había derogado la Ley de Peligrosidad Social y eso nos permitió movernos con mayor libertad. Había muchas ganas de tomar el espacio público.
¿Sientes nostalgia? ¿Crees que hoy existen lugares con la misma capacidad para generar comunidad?
¿Nostalgia? No. Lo recuerdo con muchísimo cariño. Todo cambia, como dice la canción de Mercedes Sosa. Cambiamos nosotros y cambian las cosas. Lo que veo es que ahora el motor del cambio es el turismo, no los habitantes cotidianos con nuestras necesidades y nuestro criterio. Antes disfrutábamos y ahora la gente, para disfrutar, tiene que dejar la ciudad e irse a los agroturismos a fastidiar a los habituales del campo (campesinos, animales y plantas) y encima se molestan si hay algún o alguna lugareña que, por labores de campo, hace ruido.
Recuerdo aquella época con muchísimo cariño. Y hoy sigue habiendo lugares, como La Sinsorga, un espacio creado por mujeres, que facilitan ese espacio de encuentro y consolidación colectiva. Yo no suelo ir mucho porque estoy en el monte recluida desde el 2000 y aunque voy a Bilbao he perdido el contacto. Creo que la gente se sigue juntando y haciendo cosas. También existen otros ámbitos virtuales en los que se generan espacios de encuentro, de disidencia … hay muchos podcasts de y para el colectivo. Es otra forma de moverse y de conectar.
La relación con Cloti Murillo ocupa un lugar importante en la exposición y en tu trayectoria. ¿Cómo influyó en tu manera de entender la pintura?
Es una suerte compartir la vida con una persona con la que hay muchos intereses comunes. Cloti es una estudiosa, le encanta y además tiene buena memoria. Yo te puedo explicar los cuadros de una manera, pero la Cloti tiene un discurso que yo no tengo: los traduce, los contextualiza desde una visión cercana, sensible y especial que completa mi visión desde otra perspectiva. ¡Claro que influyó! Al pintar se produce un acto de comunión y aquello que se pinta determina el resultado que se plasma. Se ha convertido en cantidad de personajes en los cuadros, siempre con su permiso; y ha participado en muchos de los procesos que rodean el acto creativo.
En nuestra trayectoria, 47 años de relación, hemos ido de la mano en los viajes, hemos compartido prácticas, búsquedas espirituales… yo de forma más intuitiva, con menos filtros, mis raíces cubanas me acercan de una forma más chamánica a los mundos sutiles. Cloti es más racional y muchas veces me ha ayudado a formular cuestiones que me resultaban difíciles de concretar o las he entendido a través de ella. En relación con el trabajo en el estudio, ella nunca, nunca me comenta nada sobre lo que estoy haciendo. Me ha ayudado a buscar materiales, limpiar tablas, montar bastidores, cargar los cuadros…, pero no interfiere en el proceso. Es muy respetuosa en ese sentido.
Banco de Bizkaia se ha convertido en una obra especialmente significativa, realizada en un momento en el que decidisteis hacer pública vuestra relación. ¿Erais conscientes entonces de la dimensión política que podía tener?
Cuando estaba pintando Banco de Vizcaya comenzó mi relación con Cloti. Ese cuadro era fruto de los paseos con José Félix, disfrutando de la arquitectura y de la ciudad en torno a la ría. Me impresionó ver un edificio tan moderno en Bilbao. Y además estaban esos colores… Yo tenía una historia con el rosa. Claro, estaba mal visto, era un color de niñas… ¡pero a mí el rosa me encantaba! Para mí era un color asociado a la vida: los bebés son rosas. Ya lo había utilizado en otras obras más conceptuales, en objetos pintados. Toda la variedad de colores de las cristaleras, con esa predominancia del rosa y los cielos reflejados en ellas, me parecía un juego de color, de pintura, muy entretenido.
Cloti venía a verme porque estaba fascinada con lo que yo le explicaba de los colores. Entonces vino al aula de paisaje, que era una asignatura de cuarto curso. Mientras yo estaba pintando, una compañera, Yolanda, desde la otra esquina de la clase me preguntó: «Juana, ¿y quién es esa chica?». Y yo contesté: «Pues es mi señora». Lo hice público y me sentó muy bien esa reafirmación. Sabía a quién se lo decía, porque Yolanda es muy maja, pero había más gente en clase y no era consciente de lo que significaba en aquel momento. Fue en mayo y, a partir de ahí, esa energía me ayudó a reconocerme y aceptarme. De nuevo fue una experiencia de afirmarme en libertad, en un entorno en el que se supone que ser libre es lo normal. Lo hice por la misma necesidad que el dibujo de los niños o el cumpleaños de gatos.
En aquel momento nos asomábamos a una realidad desconocida de la que la sociedad no hablaba y que atentaba contra una moral católica excluyente y asfixiante que queríamos cambiar. Recuerdo que incluso llegamos a pedir la excomunión cuando Wojtyła visitó España en 1982; queríamos que nos declararan apóstatas. El empuje de aquel momento era enorme. Éramos jóvenes y eso hace que te sientas invencible, imparable. Fue estupendo. Pero el impulso siempre ha sido el mismo: la búsqueda de la libertad de ser y de expresar. Aunque no lo pretendas, eso siempre tiene una dimensión política. Y si quieres seguir, tienes que asumirlo y avanzar.
Participaste en la Asamblea de Mujeres de Bizkaia y realizaste carteles para algunas de sus campañas. Mirando tu trayectoria, ¿crees que tu obra ha contribuido a ampliar el imaginario de otras mujeres?
El contacto con la Asamblea fue a través de Cloti, que formaba parte del movimiento desde las Jornadas de Leioa del 77, las Primeras Jornadas de la Mujer de Euskadi. En este momento había mucha lucha en la calle y colaboré realizando pintadas más que asistiendo a reuniones. Junto con Amaia Andrieu realizamos un cartel para la campaña de derecho al aborto en 1980 y más tarde, con una pegatina pidiendo libertad para las 11 de Basauri. Todo iba muy rápido, trabajábamos siempre contrarreloj, con muy poco tiempo, pero aportando lo que podíamos.
Hace unos días, en un recorrido por la exposición de Artium Museoa, una mujer de la Asamblea me habló del cartel sobre el derecho al aborto, que es un cartel para el que utilizamos el cuerpo de una venus clásica por duplicado: un cuerpo redondeado, con curvas…el canon clásico. Y me comentaba que ese cartel había estado siempre en su pared en momentos en que socialmente la referencia estética del cuerpo femenino era Twiggy, o sea, ir en contra de tu cuerpo. Me decía que le encantaba el cartel porque presentaba cuerpos redondos y femeninos, no esa estética enfermiza que nos muestran las modelos…que no entiendo por qué tienen esa cara de mala hostia. ¡No lo entiendo! Eso nos dice que cuidado con la moda, chicas, tenemos que hacerla nosotras con lo que nos apetezca.
No era consciente de crear un imaginario para otras mujeres, la verdad, pero me encanta y me sorprende el impacto positivo que haya podido tener un cartel, más allá de la campaña. Con los cuadros sucede lo mismo y me alegro de provocar reacciones y poder formar parte de un imaginario y de hacer posible una reflexión que ayude a cualquier persona a abrirse, a permitirse ser…aunque en el exterior haya mucha oposición también podemos encontrar apoyo e ir conquistando espacios de libertad al margen de los cánones que nos impone la sociedad heteropatriarcal. Tenemos que ser más colegas entre nosotras. Hablamos de sororidad y es importante hacer un esfuerzo porque nos han educado para ser nuestras peores enemigas.
¿Eres optimista con las nuevas generaciones?
Hay gente joven que me ayuda a recuperar la esperanza en la humanidad. Estamos en un momento de mucha confrontación y existe el peligro de retroceso y pérdida de libertades conquistadas. Pero quiero ser optimista a pesar de que el desconocimiento de muchos jóvenes sobre nuestra historia reciente les convierte en carne de cañón. Como dice Cloti: “Dicen que nadie aprende en cabeza ajena, pero tenemos el reto de transmitir a lxs que no vivieron lo duro que es vivir sin libertad, con restricciones de derechos por el simple hecho de ser mujeres, para no tener que volver a pasar por experiencias similares. Tenemos que volver a pisar tierra. Hemos avanzado muchísimo en derechos. Ahora es momento de asentar esos avances para no retroceder”. Hay que posicionarse, sin grandes gestos, pero dejando ver que ocupamos un espacio que no vamos a abandonar, hacerlo visible sin discutirlo… No hay discusión, es así.
A medida que avanza la exposición, los mitos y la espiritualidad adquieren cada vez más presencia en tu obra. ¿Qué encontrabas en esos relatos?
Con la aplicación del Plan de Bolonia incorporé a la universidad una asignatura optativa, La temática fantástica en la pintura, que recogía mi experiencia y tenía mucho que ver con lo que yo hacía. En un principio quería incluir la palabra «magia», pero un compañero me convenció de que tenía connotaciones extrañas y era mejor llamarla Temática fantástica. ¿Seguimos con mentalidad de Inquisición? En América la palabra magia tiene otro significado, impregna toda nuestra existencia, nos acompaña en cada acto y eso lo da la tierra, crecemos con ello. Lo fantástico, quizá por su relación con el Festival de Sitges, se asocia a la irrealidad o a lo monstruoso. Yo lo enfocaba más en lo mágico, en lo que ocurre cuando pintas. Si mantienes la mente abierta, suceden cosas que te llevan a otra dimensión. Y también en lo que ocurre después, cuando ha pasado el tiempo y vuelves a mirar la obra.
En la exposición hay distintas aproximaciones a la espiritualidad. Algunas pueden parecer opuestas, como Kali, furiosa asesina de demonios interiores, y Bahubhali, uno de los ascetas del jainismo cuya doctrina se basa en la no violencia. Son energías que están en la naturaleza y en nuestra propia naturaleza. No tengo predilección por ninguna figura; depende del momento. Son distintos aspectos que se expresan en distintas situaciones. Me gusta que la tradición de Euskal Herria atribuya a Mari valores como el respeto a las personas, la ayuda mutua o el cumplimiento de la palabra dada. También condena la mentira, el orgullo y la jactancia.
Cada vez hay un interés mayor en la espiritualidad, pero seguimos teniendo miedo de lo que no podemos ver ni controlar, y más aún cuando hay intereses económicos de por medio. Los conocimientos ancestrales también se han visto contaminados por la tecnología y la banalización del consumo: casi todo acaba convertido en negocio. Creer en la magia no debe ser caer en el engaño, sino mantener una apertura hacia lo sutil y a lo que puede enseñarnos.
Hay artistas que pasan la vida intentando entrar en el centro del sistema artístico y tú, en cierto modo, decidiste alejarte de él. ¿Alguna vez te has arrepentido de la decisión?
Nunca jamás me arrepentí. Nunca me he arrepentido de haberlo dejado. Me sentí excluida muchas veces y acabé cansándome de ver cómo te manipulan. Estoy muy contenta de haber salido. Es como cuando salí del colegio: te pasas la vida despidiéndote, pero cuando tomas una decisión te fortalece. Entonces me centré en las clases y en la vida de campo, donde tengo mi estudio. No me arrepiento de haber dejado el sistema. Creo que he ganado en salud.
"Los conocimientos ancestrales también se han visto contaminados por la tecnología y la banalización del consumo: casi todo acaba convertido en negocio".
El último tramo de la exposición culmina en la vida en la montaña. La casa que construisteis allí parece concebida casi como una obra en sí misma, ¿cómo ha influido en tu pintura?
La cabaña no la construimos, la restauramos. Fue una labor difícil porque lo hicimos siguiendo criterios de bioconstrucción: sin utilizar elementos tóxicos y con maderas que cumplían estándares ecológicos tanto en su procedencia como en su tratamiento. No encontrábamos quien nos hiciera la obra porque no conocían esos materiales, así que mucho tuvimos que hacerlo nosotras. Hemos plantado bastantes árboles y hemos dejado que las especies autóctonas fueran ocupando el terreno. Es increíble lo rápido que puede recuperarse un espacio que antes era una pradera. En veinte años ya es casi un bosque. Aquello se ha llenado de pájaros; hemos visto corzos comiendo ciruelas o cobijándose bajo los árboles.
¿Te has planteado alguna vez abrir ese lugar al público?
Abrir el estudio al público sería perder el espacio de trabajo. Creo que no sobreviviría a la invasión, se contaminaría. Y si yo veo trasiego de gente, que ya lo estoy viendo al lado de mi casa, me sacaría de quicio. Me da mucha rabia que nos estemos vendiendo al turismo. Tenemos una invasión sin darnos cuenta, pero es que ahora no puedes ir ni por la calle. Cuando voy de compras por el centro de Bilbao y las manadas de guiris no te dejan ni pasar con el carrito. ¡Releñe!
¿Mantienes la misma disciplina que cuando empezabas?
Bueno, a mí la palabra disciplina no me gusta. Necesidad de crear, sí. O sea, esa necesidad que es una curiosidad muy grande y deseos de descubrir nuevas cosas y de contar cosas. Pero la disciplina la odio. Yo hablaría de ciertos hábitos, como es despertarme super temprano, ahora mismo con las ventanas todas abiertas, el frescor de la mañana, el canto de los pájaros, café, colado, untar con Ghi la torta de sarraceno y después bajar al estudio. Abrirlo para que se ventile bien, mirar hacia afuera y agradecer que esto esté así de bello. Y entonces pues seguir. Ahora estoy haciendo escultura con marés, con alguna pieza que me quedaba de Menorca o que he rescatado de derribos. No he podido comprar en cantera porque ya la mayoría de las canteras menorquinas están cerradas y con una que sigue funcionando no hay manera. Llevo dos años intentándolo y ni siquiera me contestan. Cuando necesito descansar salgo fuera, arranco unas ortigas o limpio un poco el huerto y a seguir. Después preparo la comida. O sea, son rutinas cotidianas muy relajadas y muy a gusto conmigo. Intento llevar una vida disfrutona.
![Imagen-02_1-(1) Blanca Sánchez, Elvis the King Forever [Elvis el Rey por Siempre], ca. 2000. Archivo Blanca Sánchez, Biblioteca y Centro de Documentación del Museo Reina Sofía @Herederos de Blanca Sánchez.](https://lomejordelacultura.com/wp-content/uploads/2026/07/Imagen-02_1-1.jpg)

